Soy Nadie (y quizá tú también deberías serlo)

Hace casi tres mil años, un hombre atrapado en una cueva oscura tuvo que tomar una decisión imposible.

El hombre era Ulises. Un rey. Un héroe. Alguien con nombre, apellidos y un ego del tamaño de una isla. Pero frente a él tenía a Polifemo, una bestia primitiva de un solo ojo que no entendía de linajes ni de glorias pasadas.

El Cíclope solo tenía hambre. Y se estaba comiendo a los compañeros de Ulises, uno a uno.

Cuando el monstruo, con el aliento cargado de vino, le preguntó al héroe cómo se llamaba para saber a quién devorar de postre, Ulises tuvo el único destello de lucidez que podía salvarle la vida.

Se tragó su orgullo.
Olvidó sus títulos.
Borró su identidad.

—Me llamo Nadie —dijo.

Horas después, cuando Ulises le clavó una estaca ardiendo en su único ojo para cegarlo, el Cíclope empezó a gritar. Sus alaridos despertaron a los gigantes de las cuevas vecinas.

—¿Quién te está matando, Polifemo? —le gritaron desde la oscuridad.
—¡Nadie! —bramó el Cíclope—. ¡Nadie me está matando!

—Pues si nadie te hace daño —respondieron los otros, dándose la vuelta para seguir durmiendo—, cállate y déjanos en paz.

Y así, siendo Nadie, Ulises logró escapar.

Esta historia no es un mito viejo lleno de polvo. Es la radiografía exacta de lo que nos pasa hoy. Aquí. Ahora.

Vivimos atrapados en la cueva.
Pero nuestro monstruo no tiene un solo ojo. Tiene millones.

Se llama Algoritmo.
Se llama Opinión Pública.
Se llama «La Necesidad patológica de Ser alguien».

Y al igual que Polifemo, este sistema tiene hambre.

El terror a la invisibilidad y la angustia de la fama

Nos movemos en una paradoja que nos está enfermando.

Por un lado, sentimos una desesperación silenciosa por ser vistos.

Nos levantamos cada mañana y, antes de dar los buenos días a quien duerme a nuestro lado, miramos una pantalla negra. Buscamos dopamina en forma de notificación.

Si subimos una foto y el mundo no reacciona en diez minutos, nos invade un frío en el estómago.

La borramos.

Nos sentimos invisibles. Y hoy en día, sentirse invisible se parece demasiado a estar muerto.

Hemos convertido nuestra intimidad en un escaparate.
«Miradme, soy feliz».
«Miradme, estoy viajando».
«Miradme, tengo una opinión».

Pero, por otro lado, existe la angustia contraria. La que te hiela la sangre. La angustia de ser visto por demasiada gente.

En el momento en que eres «Alguien», te conviertes en un blanco.
Si opinas, te juzgan.
Si dudas, te sentencian.
Si eres honesto, te destruyen.

Vivimos aterrados de que una frase fuera de contexto nos arruine la vida.

Queremos la fama del héroe, pero no queremos pagar el precio.

Queremos que nos miren, pero nos da pánico que nos vean de verdad.

Estamos atrapados entre la vanidad y el miedo. Y mientras tanto, todos ríen.

La muerte de la sobremesa y la esclavitud del «doble check»

¿Recuerdas cómo eran las conversaciones de verdad?

Esas sobremesas largas, con el mantel manchado de café y migas.

Esas charlas donde se arreglaba el mundo, donde se hablaba de Dios, de política o de la muerte sin filtros. Donde podías discutir a gritos y acabar abrazado, porque existía un pacto tácito de humanidad.

Esas charlas están en peligro de extinción. Las hemos asesinado.

Hoy, una cena con amigos es un ejercicio de soledad compartida. Estamos ahí, ocupando espacio físico, pero nuestra mente está en otra parte.

En mitad de un argumento, sientes la vibración en el bolsillo.
Es la llamada de la dopamina. Un WhatsApp. Un vídeo corto que olvidarás en tres segundos. Y bajas la mirada.

Rompes el contacto visual con el ser humano que tienes enfrente para conectar con un píxel.

Nos hemos vuelto esclavos de la inmediatez. La prisa nos ha robado el pensamiento. Ya no leemos; escaneamos. Ya no debatimos; sentenciamos.
Si un texto no tiene negritas cada dos líneas, nos aburrimos.
Si un silencio dura más de cinco segundos, nos incomodamos y sacamos el móvil.

Hemos perdido la capacidad de prestar atención. Y con ella, hemos perdido la capacidad de sentir al otro.

La Inteligencia Artificial: La barrera final

Y por si fuera poco, hemos invitado a la fiesta a la máquina.

Se nos ha vendió como una herramienta para quitarnos el trabajo aburrido, pero está ocurriendo algo distinto: nos está quitando lo humano.

Cada vez leemos más textos generados por máquinas.

Vemos más imágenes creadas por estadística.

Escuchamos música compuesta por patrones.

Todo es perfecto.
Las imágenes tienen una luz increíble.
Los textos son gramaticalmente impolutos, educados y coherentes.

Pero están vacíos.

La IA está levantando un muro de cristal entre las personas. Nos estamos acostumbrando a esa perfección sintética y fría. Nos empieza a molestar la imperfección humana. Nos molesta que alguien dude, que tartamudee, que escriba un texto desordenado pero visceral.

Preferimos el resumen automático a leer el libro.
Preferimos la respuesta del chat a pararnos a pensar qué sentimos realmente.

El mundo se está volviendo más eficiente, sí. Pero también más aséptico. Más predecible. Y infinitamente más solitario.

Por eso he decidido ser NADIE

Ante este panorama, ante este ruido de egos y de prisas, he decidido borrarme.

No me escondo porque tenga miedo.

No soy nadie porque la máscara es lo único que me permite ser totalmente libre.

¿Te has dado cuenta de que a veces eres más sincero con un desconocido en la barra de un bar, o con alguien que te cruzas en un tren, que con tu propia familia?

¿En un post en las redes?¿En un grupo de WhatsApp de desconocidos?

Esa es la clave.

El anonimato elimina el juicio.
Cuando no sabes quién soy, no me juzgas por mi trabajo, ni por mi cara, ni por mi ropa.

Solo me juzgas por mis ideas. Y eso es lo unico que quiero conseguir.

Y eso, amigo mío, es la única conexión humana real que nos queda.

¿De qué va «Hablemos de Nada»?

Va de todo lo que importa. Y de nada en particular.

Dicen que en la mesa no se habla de política, ni de religión, ni de dinero.
Pues aquí vamos a hablar de eso.
Y de la educación que aborrega.
Y de la sanidad que nos enferma.
Y del cine que educa.
Y de la filosofía de andar por casa.
Y del salseo de la vida.

No busco tu dinero.
No quiero venderte un curso de éxito, ni una newsletter premium.
Solo quiero recuperar el arte perdido de la lectura profunda, de hecho si aún sigues aquí leyendo, ya lo he conseguido.

Quiero que, cuando entres, el tiempo se detenga un poco.

Quiero que leas despacio.

Que te indignes.

Que te emociones.

Que quieras tirar el móvil por la ventana.

Quiero hablar de todo eso que es «Nada» para el algoritmo, pero que lo es «Todo» para nosotros.

Quiero que comentes, aunque no seas nadie o seas anónimo, (desde el respeto y la critica constructiva)

Hablemos de Nada. Hablemos de Todo.

Sé que es una apuesta contraria a todo lo que se lleva ahora…

Leer, pensar, reflexionar, decir lo que se piensa, humano hablando con humanos, comentar, debatir…

Este es un espacio libre. Una trinchera para los que están hartos de correr hacia ninguna parte.
Para los que echan de menos charlar.
Para los que sienten que el mundo va demasiado rápido y en la dirección equivocada.

Así que esta es mi propuesta.

No te voy a pedir nada a cambio.

Te invito a ser Nadie conmigo.

Ponte cómodo.
Olvida el cargo que pone en tu tarjeta de visita.
Siéntate.
Respira.
Deja el móvil boca abajo.

Y leamos.

Bienvenido a Hablemos de Nada.

Me gustaría leerte.

NADIE

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