¿Recuerdas la lotería genética?
Esa maravillosa y aterradora ruleta rusa biológica.
Esa en la que lanzabas los dados de la naturaleza y cruzabas los dedos.
Podía tocarte la nariz aguileña de tu abuelo, o la calva de tu padre, la sonrisa profident de tu madre o la mal leche de tío lejano al que nadie invitaba a Navidad.
Había algo poético en ese caos.
Era, quizás, el último rincón de humildad que nos quedaba.
El último aviso de que, por mucho que domináramos el átomo o viajáramos a la Luna, en el fondo no controlábamos una mierda.
La vida te entregaba un bebé imperfecto, llorón, torpe y único, y tú tenías que apañártelas para amarlo tal y como venía, con sus aciertos y defectos…
Pues bien, tengo una mala noticia: la lotería se ha acabado.
El casino ha cerrado.
Ahora puedes comprar el boleto ganador. Si tienes la tarjeta de crédito adecuada, claro.
Bienvenidos al supermercado de almas al más puro estilo IKEA
Una startup de Nueva York llamada Nucleus, fundada por Kian Sadeghi, un chaval de 20 años que habla de los bebés como si fueran actualizaciones de software, ha decidido que la naturaleza es demasiado torpe para el siglo XXI.
¿Para qué dejar al azar lo que puedes «optimizar» con una suscripción premium?
Hace unos meses, lanzaron «Nucleus Embryo», un software que promete analizar tus embriones no solo para evitar enfermedades mortales (lo cual todos firmaríamos), sino para puntuar rasgos estéticos y cognitivos.
Te sientas frente a una pantalla, como si estuvieras configurando tu próximo Tesla, y el sistema clasifica a tus futuros hijos.
Este tiene más riesgo de ansiedad.
Este tiene ojos azules.
Y este, el Santo Grial, tiene una proyección de «inteligencia superior».
El propio Kian lo dice sin pestañear: «Celebramos la optimización en el sueño, en la dieta y en el ejercicio. ¿Por qué no en el inicio de la vida?».
Porque un hijo no es una rutina de CrossFit, Kian.
Lo llaman «medicina preventiva». Yo lo llamo eugenesia con filtro de Instagram.
Y no vienen solos. Mientras Nucleus pone la cara amable y tecnológica, otras empresas como Heliospect Genomics ponen el precio de mercado a esta distopía y esto era en el 2024.
Su propuesta es tan sencilla como aterradora: por el «módico» precio de 50.000 dólares, analizan tus embriones y te dicen cuál va a ser el «mejor».
Y aquí viene el giro final. No solo descartan enfermedades. Te prometen predecir el Coeficiente Intelectual (IQ). Te garantizan —o eso dicen— una subida de hasta 6 puntos extra de inteligencia en tu futuro hijo.
Quiero que visualices la escena…
Estás en una clínica de diseño en Palo Alto.
Todo es blanco, minimalista, huele a limpio y a dinero.
Te sirven un café de especialidad mientras un comercial con una sonrisa de tiburón te pone un catálogo de embriones sobre la mesa, con la misma frialdad con la que elegirías los extras de un iPhone.
—Tenemos estas opciones. El Embrión número 4 tiene un riesgo bajo de diabetes, pero el algoritmo dice que será tímido. El número 7 tiene un potencial matemático superior, pero ojo, riesgo de calvicie a los 30. Ahora bien, el número 12… el 12 es la versión Pro. Alto, extrovertido y con un IQ estimado de 115. Es el paquete premium. ¿Se lo envuelvo?
Es el sueño húmedo del capitalismo tardío: convertir la vida humana en un producto optimizable antes siquiera de que empiece a respirar.
El retorno de Gattaca (y esta vez no es una película)
En 1997 se estrenó una película llamada Gattaca, con un gran Ethan Hawke, que no me canso de ver…
Pero si no la has visto, despues de leer esto y ve a verla.
En ella, la sociedad se dividía en dos castas: los «Válidos» (genéticamente seleccionados para ser perfectos) y los «In-válidos» (nacidos del amor natural, llenos de defectos y relegados a limpiar retretes).
Cuando vi esa película en los 90, me parecia una pelicula de ciencia ficción.
Una fábula moral.
Hoy, estas empresas han convertido esa fábula en un modelo de negocio.
El problema de fondo no es la tecnología. La tecnología es como un martillo: sirve para construir una casa o para abrirle la cabeza al vecino.
El martillo es amoral.
Lo que me revuelve el estómago, lo que me hace querer bajarme del mundo, es lo que esto dice de nosotros como padres y como sociedad.
¿Qué clase de inseguridad profunda, patológica y narcisista tienes que tener para necesitar asegurar genéticamente que tu hijo sea «superior»?
¿Tanto miedo tienes a la mediocridad?
¿Tan poco confías en tu capacidad de amar a alguien que no sea un genio?
Al pagar esos 50.000 dólares, y elegir a la carta no estás comprando un hijo.
Estás comprando un seguro contra el fracaso.
Estás intentando sobornar al destino.
Y lo peor es que crees que lo haces «por su bien».
«Quiero darle las mejores oportunidades», dirán.
Mentira.
Quieres que tu hijo sea una extensión de tu ego.
Quieres poder presumir en la cena de Navidad de que el niño ha entrado en Stanford, no porque se haya esforzado, sino porque tú pagaste el upgrade de software antes de la concepción.
La carga insoportable del «Niño Trofeo»
Hablemos de ese niño. Ese hipotético «Superbebé» nacido del algoritmo.
Nadie está pensando en él.
Todos piensan en los padres, en la clínica, en la ciencia. Pero, ¿qué pasa con la psique de un ser humano que sabe que ha sido diseñado?
Estamos creando una generación de Niños Trofeo.
Niños diseñados para encajar en un Excel.
Niños que, antes de nacer, antes de dar su primer grito, ya tienen una carga de expectativas de 50.000 dólares sobre sus hombros minúsculos.
Imagina tener 15 años. Tienes un mal día. Suspendes un examen de matemáticas porque te has enamorado y no te concentras, o simplemente porque las matemáticas te importan una mierda y prefieres pintar.
Tu padre, el inversor que pagó la factura, te mira con decepción y piensa (o te dice):
—Hijo, esto no estaba en el prospecto. Me costaste lo mismo que un coche de lujo. Deberías ser más listo que esto.
El amor incondicional —ese que dice «te quiero seas como seas»— desaparece. Se convierte en un amor transaccional.
«Te quiero porque eres una inversión de alto rendimiento».
Y si el niño sale «defectuoso», si a pesar de la genética resulta ser un vago, o un soñador, o simplemente una persona normal… ¿qué pasa? ¿Se tramita la devolución? ¿Se le mira con el resentimiento de quien compró acciones de una empresa que ha quebrado?
Estamos fabricando la receta perfecta para la ansiedad crónica, la depresión y el síndrome del impostor.
La gran estafa de la Inteligencia (IQ)
Y luego está la gran mentira de la venta: el Coeficiente Intelectual.
Heliospect te vende esos «6 puntos extra» como si fueran la llave de la felicidad.
Como si la vida fuera un videojuego de rol donde, si subes la estadística de «Inteligencia» al máximo, te pasas el juego.
Pero cualquiera que haya vivido lo suficiente sabe que eso es una estupidez.
Conozco a gente con un IQ altísimo que son absolutamente miserables.
Gente incapaz de gestionar una emoción, incapaz de mantener una relación de pareja, incapaz de disfrutar de un atardecer porque su cerebro no para de analizarlo todo.
Y conozco a gente «normal», o incluso «lenta» según los estándares académicos, que tienen una inteligencia emocional, una bondad y una capacidad para ser felices que ya quisiera cualquier Premio Nobel.
Te venden inteligencia, pero nadie te vende felicidad.
Te venden capacidad de cálculo, pero no te venden empatía.
Te venden éxito laboral, pero no te venden paz mental.
La inteligencia sin empatía es solo una herramienta para ser un cretino más eficiente. Un psicópata con un IQ de 150 sigue siendo un psicópata, solo que más peligroso.
Y de eso, desgraciadamente, no hay test genético que nos proteja.
Una nueva brecha: La casta biológica
Si esto sigue adelante (y seguirá, porque donde hay demanda, el mercado abre camino), nos enfrentamos a la fractura definitiva de la sociedad. Y para ser sinceros…
Hasta ahora, la desigualdad era económica y social.
El rico tenía mejores colegios, mejores contactos y mejor sanidad. Pero, al menos, biológicamente éramos iguales. El hijo del multimillonario podía nacer tonto y el hijo del obrero podía nacer genio.
La biología era el gran igualador.
Con la selección de embriones por IQ, estamos creando una casta biológica.
Estamos jugando a ser DIOS, y aunque no crea en él, joder en algún sitio debe estar vigilando alguien.
Los ricos no solo serán más ricos; serán, literalmente, «mejores».
Más listos.
Más sanos.
Más guapos.
Y los pobres, los que no tengan 50.000 dólares para el cribado, serán los «naturales». Los defectuosos. Los lentos.
Se acabará la movilidad social. Porque, ¿cómo vas a competir tú, nacido del azar y la pasión de una noche de verano, contra un ser diseñado en laboratorio para optimizar su rendimiento cognitivo? Es como intentar ganar una carrera de 100 metros lisos contra un robot.
Estamos construyendo un mundo donde la meritocracia, que ya era una mentira a medias, se convertirá en una broma de mal gusto.
El elogio de la imperfección (Kintsugi humano)
Hay una técnica japonesa llamada Kintsugi que consiste en reparar las piezas de cerámica rotas con oro. En lugar de ocultar la grieta, la resaltan.
Consideran que la rotura y la reparación forman parte de la historia del objeto y lo hacen más bello, más valioso.
Nosotros estamos haciendo lo contrario.
Queremos borrar la grieta antes de que aparezca.
Queremos vasijas perfectas, idénticas, salidas de fábrica sin un solo rasguño.
Pero la belleza de la vida reside en el fallo.
En el defecto.
En la anomalía.
La evolución humana no funciona por perfección, funciona por error.
Las mutaciones genéticas —esos «errores» de copia— son las que nos permitieron evolucionar de amebas a seres humanos.
Si hubiéramos eliminado los «errores» hace millones de años, seguiríamos siendo bacterias perfectas en una charca.
Necesitamos el fallo.
Necesitamos al hijo que te sale artista cuando tú querías un ingeniero, porque quizás ese arte salve el alma de alguien.
Necesitamos a la hija que tiene tu misma risa escandalosa y desordenada, aunque tenga los ojos miopes de un desconocido.
Necesitamos la sorpresa.
Al querer eliminar el «riesgo» de tener un hijo normal, estamos eliminando la humanidad misma.
Estamos convirtiendo la paternidad en project management.
Quédate con tu dinero
Miro hacia el futuro y me da vértigo.
Veo un mundo de seres humanos pulidos, brillantes, optimizados y terriblemente aburridos.
Un mundo donde nadie se equivoca.
Un mundo donde nadie se cae.
Y os pregunto: si todos somos perfectos, guapos, listos y eficientes…
¿Quién coño va a contar los chistes malos en el bar?
¿Quién va a escribir las canciones desgarradoras sobre el fracaso amoroso?
¿Quién va a tener la valentía de hacer una locura irracional por amor?
¿Quién nos va a enseñar a levantarnos si nunca nadie se cae?
La perfección es estéril.
La perfección es el final del camino.
Y yo no quiero llegar al final todavía.
Así que, señores de Silicon Valey quédense con sus algoritmos.
Quédense con sus promesas de éxito garantizado.
Quédense con sus niños de diseño que nunca sabrán si sus padres los aman a ellos o a su gráfica de rendimiento.
Yo me quedo con el caos.
Me quedo con la incertidumbre.
Me quedo con la posibilidad aterradora y maravillosa de que mi hijo sea un desastre absoluto, pero sea su propio desastre.
Yo me quedo con la sorpresa.
Porque ser Nadie y ser imperfecto es la única forma real de ser libre.
Ahora te pregunto:
¿Qué opinas?
